CUANDO LLORÓ LA TINTA


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Inmaculado sentimiento de traición. Qué fácil es llorar cuando te has ido. Mientras tanto, engañando a mi propia visión voy enfrentando realidades ¡Qué más me queda! Pero tú te fuiste vestida de papel. Fue cuando te convertiste en poema cuando supe de tu partida. Intentabas inútilmente de ocultarlo. Pero yo soy tinta y conozco los secretos de los libros, aquellos que les permiten escapar. ¡Sabía que escaparías!

Esperé en el tintero tus palabras, mientras veía tu piel, el recuerdo de la voz que me dictaba. Escondía un instante de caligrafía para ti. Un último adiós que intentaría hacerte cambiar de parecer. Que intentaría lograr que te quedaras. Sabía que era inútil. Pero la esperanza me mantenía con vida.

Llegaste aquella noche, vestida de papel. Alcanzaba a ver que eras poema, por más que lo escondías. Me besaste como lo hacías cada noche. Me abrazaste haciéndome sentir. Pero no te ensuciaste con mis besos. Ni con mis brazos, no te dejaste penetrar por mi sangre. No permitiste que una sola letra de mí se dibujara en tu abdomen, o en tu espalda. Tenías todo calculado. Pero no sabías que yo sabía.

Sin embargo, justo en el momento en que partías, te llamé y al voltear hacia mí te dibujé con un beso mi última esperanza de caligrafía, de lo que yo, inútil tinta, pensé que era un poema. Te golpeé con ese beso. Cediste. Sin darte cuenta, a esa última tentación de mí. Te besé toda la cara, te acaricié, te convertí en sudor y en vino tinto. En humo, en todo aquello que adorna las orillas de un papel. Fui colores. Intenté ser egoísmo. Fui nostalgia mientras devoraba tu humedad. Intenté ser sensaciones y perderme entre tus muslos. Busqué ser madrugada, fábula, inocencia. Intenté ser todo y nada al penetrarte. Al llenarte de tinta y hacerte poema.

Pero eras ya poema. No tenía más que hacer. Te quedaste aquella noche, prometiste nunca más marcharte. Pero no alcanzamos siquiera a ver el siguiente amanecer.

Y como yo soy tinta y el aire mi enemigo, abrí mis brazos renunciando a toda letra. Abrí mis brazos al olvido, hasta secarme sin tocar de nuevo papel.

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