ORGASMOS INTELECTUALES


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Algunas veces he pensado que cuando dejo escribir a mis manos sin dejar a mi cabeza interferir es cuando salen mis mejores textos. Todavía no sé si sea verdad o no. Recuerdo haber descubierto esto por primera vez cuando tenía 18 años o algo así, con el tiempo lo fui convirtiendo en un ejercicio hasta que años más tarde decidí poetizar la frase diciendo que al único ser a quien confiaría mi firma es a mi propia mano, sin ayuda de mí.
Posiblemente hoy comprenda que existen ciertos estados meditativos que hacen que mi afirmación de hace años sea cierta. Sin embargo, no he encontrado la forma de saber utilizar dicho estado, cada vez me cuesta más trabajo desentenderme de mis manos para poder escribir, y cada vez me gusta más lo que logro cuando lo hago. Esto quiere decir, si lo traducimos a la gente aterrizada en el planeta Tierra, que cada vez encuentro menos textos de mi autoría con los que me sienta absolutamente cómodo u orgulloso (o algún otro adjetivo que me esté brincando).

Y ya que en esta ocasión mi coco también está formando parte operativa del presente texto, aprovecho para dar estructura al mismo. Este párrafo hablará del perfeccionamiento de los placeres intelectuales en su más profundo estado. Por ejemplo, escribir.

Este otro párrafo hablará del inicio del placer de una buena conversación. Y de aquello que no se comprende muy bien en las relaciones interpersonales del homo sapiens promedio.
Existen ciertos estados meditativos que alcanzan un estado de relajación tal,
que permite que la mente se enfoque en ciertos temas específicos para poder evolucionar con ellos, comprenderlos, o resolverlos: la mente en dicho caso
actúa como ser independiente al resto del cuerpo, este es uno de los usos de
los mantras. Y es una sensación parecida a la que yo sentía a los 18 cuando
“dejaba a mi mano” escribir por mí. Es un momento placentero que va más allá
del cuerpo mismo, que va más allá del concepto de placer que tenemos los seres
humanos, es algo así como alcanzar un largo orgasmo intelectual.

Ahora, como estoy haciendo las cosas con cierta estructura, debo de aprovechar esta tercera parte de mi artículo para concluir. Intento, con permiso.
El placer de la conversación es encontrar, luego de una serie de preguntas y respuestas inteligentes, ese estado meditativo que solo se alcanza conectándose con alguna actividad profundamente intelectual encerrado en uno mismo, pero con otra
persona y hablando. No sentados, en silencio, no con los ojos cerrados, tal vez
con una copa de vino en la mano, o después de muchas, tal vez en medio de un
ruido constante que emanan todas las personas alrededor.
Esta gran conversación va más allá del cuerpo, va más allá de la dirección de la mente o de la capacidad analítica de la misma, esta gran conversación lleva
directamente a deshacerse de los cuerpos en un estado de conexión particular,
para alcanzar el mismo estado meditativo que te llevará a lograr descifrar
problemas o a aclarar conceptos.
Pero sobre todo, y sin duda, te llevará a alcanzar ese largo orgasmo intelectual.

AYER

CARRERA Y
MEDITACIÓN: Suspendidas hasta el próximo miércoles

NOVELA: Error. Cero.
Estoy en deuda con más de mil palabras.

IMAGEN:
El estado meditativo de una lata de refresco

CONSEJO: Deja a alguna parte de tu cuerpo hacer algo sin la ayuda de tu cerebro: pinta, escribe, dibuja, toca algún instrumento o resuelve algún problema matemático. Pero no pienses.

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