MEDITACIÓN

Me adentro en la poesía inconsciente de una hegemonía sagrada. Busqueda perpetua. Impaciente. Con ansiedad analítica disecciono mis sentimientos para encontrar un espacio en vacío y refugiarme en él. Paso a paso viajo de letra en letra, creciendo de color en color, de rojo en rojo, azul muy tenue del que no puedo colgarme, buscando el blanco para refugiarme. Y no sé quién soy. Y no sé qué soy. La poesía me habla en aquel lenguaje que yo mismo inventé en otra vida y que hoy no puedo traducir. La frustración de ser extranjero de mi propia lengua. ser desierto a la vez de paraíso tropical. La poesía me seduce en aquel idioma que ya no puedo entender. Y mi mente cae rendida a sus encantos: mis manos se congelan y no pueden hablar. Mis labios hablan sin saber lo que dicen. Después la lluvia, la nieve, el frío. El corazón cansado de mi alma vieja. La congelada ansiedad de un espejismo. Me adentro en la constante hegemonía de una percepción de libertad.    

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LA TERAPIA DE CORRER

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Cuando corro despierta una parte distinta de mí. Comienzo a encontrar un balance entre el flujo de entrada y el flujo de salida de mi pensamiento. Tan extraño como parece, pero así es. Comienzo a recordar, a elaborar un trabajo de análisis completo de un tema. Pero al mismo tiempo me dedico a deliberar del mismo. Análisis y síntesis a la vez. Cuando corro dejo fluir a la parte de mi cerebro a la que nunca hago caso. Es más, ni siquiera sé cómo acceder a ella cuando no estoy sudando y respirando fuerte en medio de la carrera diaria.

Corro porque doy una válvula de escape a mi irritabilidad y estrés. Corro para dejar todo atrás por un tiempo. Si el ser humano utiliza el recurso de la carrera para alcanzar más rápido algo que lo llena de emoción o para salir corriendo de algo que es potencialmente peligroso, entonces yo puedo correr para intentar dejar a un lado mis frustraciones. Primitivamente. Humanamente.

Entonces me doy cuenta que estoy a solas conmigo. Y es ahí cuando puedo aprovechar para hacer otro tipo de cosas: idear el hilo de un poema, la trama de un cuento, de una novela. La nueva sección de la próxima revista. Estoy a solas conmigo para escuchar de principio a fin un disco nuevo.

Luego viene la otra parte, la del reto. La lucha conmigo mismo, el hacer más. El ganarme. Ponerme pruebas y superarlas. El terminar un entrenamiento diciendo ¡no que no!

Sudar. Ganar al sol cada mañana. Sentir los músculos de mi cuerpo trabajando. Sentir el oxígeno dar vida a mi cerebro. Sentir que mi sangre se mueve, se limpia, que mi corazón trabaja. Que yo trabajo. Que estoy vivo. ¡Corro para sentirme vivo!

Y de ahí, regreso a empezar otro día. Satisfecho y fuerte. En algún momento tengo que poner en práctica todo ese análisis mezclado con síntesis, ¿no es así?

Pero por supuesto, no sin antes tomarme un café. Sin ese café todo lo anterior parece no terminar de procesarse.

¿Tú corres?

ORGASMOS INTELECTUALES

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Algunas veces he pensado que cuando dejo escribir a mis manos sin dejar a mi cabeza interferir es cuando salen mis mejores textos. Todavía no sé si sea verdad o no. Recuerdo haber descubierto esto por primera vez cuando tenía 18 años o algo así, con el tiempo lo fui convirtiendo en un ejercicio hasta que años más tarde decidí poetizar la frase diciendo que al único ser a quien confiaría mi firma es a mi propia mano, sin ayuda de mí.
Posiblemente hoy comprenda que existen ciertos estados meditativos que hacen que mi afirmación de hace años sea cierta. Sin embargo, no he encontrado la forma de saber utilizar dicho estado, cada vez me cuesta más trabajo desentenderme de mis manos para poder escribir, y cada vez me gusta más lo que logro cuando lo hago. Esto quiere decir, si lo traducimos a la gente aterrizada en el planeta Tierra, que cada vez encuentro menos textos de mi autoría con los que me sienta absolutamente cómodo u orgulloso (o algún otro adjetivo que me esté brincando).

Y ya que en esta ocasión mi coco también está formando parte operativa del presente texto, aprovecho para dar estructura al mismo. Este párrafo hablará del perfeccionamiento de los placeres intelectuales en su más profundo estado. Por ejemplo, escribir.

Este otro párrafo hablará del inicio del placer de una buena conversación. Y de aquello que no se comprende muy bien en las relaciones interpersonales del homo sapiens promedio.
Existen ciertos estados meditativos que alcanzan un estado de relajación tal,
que permite que la mente se enfoque en ciertos temas específicos para poder evolucionar con ellos, comprenderlos, o resolverlos: la mente en dicho caso
actúa como ser independiente al resto del cuerpo, este es uno de los usos de
los mantras. Y es una sensación parecida a la que yo sentía a los 18 cuando
“dejaba a mi mano” escribir por mí. Es un momento placentero que va más allá
del cuerpo mismo, que va más allá del concepto de placer que tenemos los seres
humanos, es algo así como alcanzar un largo orgasmo intelectual.

Ahora, como estoy haciendo las cosas con cierta estructura, debo de aprovechar esta tercera parte de mi artículo para concluir. Intento, con permiso.
El placer de la conversación es encontrar, luego de una serie de preguntas y respuestas inteligentes, ese estado meditativo que solo se alcanza conectándose con alguna actividad profundamente intelectual encerrado en uno mismo, pero con otra
persona y hablando. No sentados, en silencio, no con los ojos cerrados, tal vez
con una copa de vino en la mano, o después de muchas, tal vez en medio de un
ruido constante que emanan todas las personas alrededor.
Esta gran conversación va más allá del cuerpo, va más allá de la dirección de la mente o de la capacidad analítica de la misma, esta gran conversación lleva
directamente a deshacerse de los cuerpos en un estado de conexión particular,
para alcanzar el mismo estado meditativo que te llevará a lograr descifrar
problemas o a aclarar conceptos.
Pero sobre todo, y sin duda, te llevará a alcanzar ese largo orgasmo intelectual.

AYER

CARRERA Y
MEDITACIÓN: Suspendidas hasta el próximo miércoles

NOVELA: Error. Cero.
Estoy en deuda con más de mil palabras.

IMAGEN:
El estado meditativo de una lata de refresco

CONSEJO: Deja a alguna parte de tu cuerpo hacer algo sin la ayuda de tu cerebro: pinta, escribe, dibuja, toca algún instrumento o resuelve algún problema matemático. Pero no pienses.