SENSUALIDAD. TINTA Y PAPEL

20110824-123121.jpgPor alguna razón más allá de mi entendimiento, mi iPhone amaneció tocando la Patética de Tchaikovski. Yo no le pedí que lo hiciera, no la programé ni estaba dentro de mis más escuchadas recientemente, simplemente puse Play mientras me rasuraba y salió: yo pensé que no me había hecho caso el aparato porque en un principio no sonaba nada pero como yo tenía ya las manos llenas de jabón, no pude asegurarme de que todo estuviera en orden. No era tan importante rasurarme sin música un día.

Y de pronto escucho. Tararara… tararararara… tararán. La sexta y última sinfonía de Tchaikovski, la Patética, la crónica de su propia muerte. Y yo con la navaja en la cara. Mientras la música comenzaba a hacerse evidente gracias a la aparición de instrumentos, yo cerré los ojos por un instante y respiré ese primer movimiento. Luego terminé de rasurarme pero no apagué a Tchaikovski, me acompañó en cada uno de mis procesos matutinos, calcetines, zapatos, corbata, café, periódico. Otro café. Un poquito más periódico. Hasta que se me hizo tarde.

Me di cuenta de que una parte de la Patética (la parte bella) se quedó conmigo en camino a un desayuno, en el coche, era tanta su presencia que no pude poner nada más. El tarara… tararararara… no daba espacio para que entrara una sola nota más. Mi cabeza entraba en un trance. Y la soledad del coche me permitía pasar por ese trance. Y mi mente, en estado de trance comenzó a formar una historia.

La tinta. La misma tinta que componía sinfonías, la misma de un majestuoso concierto para piano, de muchos, de millones de notas, de miles de sinfonías, de cientos de obras maestras, la misma tinta que busca un papel para sentirse plena apareció en mi mente como personaje principal, una tinta desinhibida, sin pretensiones, buscando un cuerpo desnudo, una hoja en blanco, un espacio para poder llorar en medio de caricias.

Entonces la tinta llegó a convertirse en palabras, en cuentos, en tragedias, en poesía, a convertirse en la historia de mil civilizaciones. Mientras el papel solo sentía las caricias, poco a poco la tinta dejó de ser ella misma para volverse parte del papel, para convertirse en un ser absoluto. Y en ese instante hicieron el amor. Cuando eran uno solo, cuando se besaban con el mero hecho de existir.

Y el tráfico de la ciudad terminó de pronto. Y mi imaginación terminó buscando un lugar para poder estacionarme, pero una parte de mi sangre quedó manchada de tinta, mi piel sentía la cercanía de esa otra piel, de la surrealista, de aquella que posiblemente no existía, de la piel sin cara, de las caricias sin piel, del orgasmo sin excusa. Una parte de mí fue sangre y la otra melodía.

Pero yo no encontraba dónde estacionarme.

Una vez que encontré un lugar, intenté sacudirme de música y poesía, buscar un poco de tranquilidad fuera de mi sudor interno, de aquel fuego que contaba secretos mucho antes de su confesión.

Y recordé las imágenes sin nombre, las bocas sin cara. Los besos con ojos cerrados. La saliva: tinta transparente. Y traté de buscar unos hombros en mi mente que pudieran ser de fuego, de mis manos. De un mundo real.

Intenté buscar el significado actual del surrealismo, vi las imágenes que crean millones de personas para que yo vea en ese instante, vi los colores que habitan en miles de mentes que se comunican conmigo, vi los ojos y las palabras, las bocas y los cantos, vi todo lo que puede escucharse en medio del color. Y recordé a Octavio Paz: “El surrealismo no se propone tanto la creación de poemas como la transformación de los hombres en poemas vivientes.”.

Me di cuenta, que esto nunca había sido más verdad que hoy, ahora, en la era del color, de la deformación de la realidad, de la inmediatez de la poesía, en la era en la que somos, soy, eres. Un poema viviente, un poema con patas, de colores, con ojos perfectos y efectos de carbón. Soy una caricatura perfeccionada de mí. Un poema viviente y la sensualización de la verdad.

Soy Paz y soy Tchaikovski con un iPhone en la mano creando imágenes, palabras, escuchando. Respirando a través de una mente surrealista.

Siendo así, no me queda más que desear un buen día para todos.

AYER

CARRERA: No dado de alta todavía.

YOGA: No.

MEDITACIÓN: Veinte minutos

NOVELA: Corrección 500 palabras

POESÍA: Sí

IMAGEN: Autorretrato disfrazado de otro yo.

CONSEJO: Ponerse unos audífonos y olvidarse durante 40 minutos del mundo entero mientras suena la Sexta de Tchaikovski. Dejar a la mente volar para crear historias y fábulas.

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PAPEL VS. LECTURA ELECTRÓNICA

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Puedo decir que estoy lleno de manías, sobre todo cuando respecta a la lectura. Tengo rituales. Muchos. Por ejemplo, antes de comenzar un nuevo libro, hojeo muchos: me gusta tener muchas opciones, me gusta pelearme con uno, luego con otro, enamorarme aquí y allá y de pronto ¡pum!, quedarme atorado en uno de ellos. Y leerlo.
Me gusta tener junto a mí por las noches los llamados libros de cabecera. Me gusta leer muchos libros a la vez. Y me gusta comenzar uno nuevo al instante en que terminé el anterior. Es mi premio. Poder llegar al nuevo que seguramente llevaba semanas queriendo leer. Me considero también un obsesivo del diccionario, me gusta saber el significado de las nuevas palabras con las que me topo. Y, debo aceptar que, aunque las novelas larguísimas no son mis lecturas favoritas, muchas veces me topo con ellas y las termino disfrutando un montón.
No me gusta esperar sin tener un libro a la mano. Y generalmente me gusta traer conmigo un libro. Soy comprador compulsivo, tengo mis críticos y recomendadores clave, y en el momento en el que surge la recomendación, me gusta tener el libro en la mano. Siento como si en cualquier momento fuera a extinguirse o agotarse o desvanecerse del planeta si no lo tengo en mi mano.
En fin, mi amor por la literatura va más allá de un blog. Me encanta leer, no tengo problema con esperar horas y horas, siempre y cuando tenga un buen libro cerca y no se termine, pero si se termina… ¡gran problema! Así que generalmente llevo uno o dos libros de repuesto. Vivo de y para las letras. Disfruto tanto de leer, tanto. No me importa si sólo es una línea o dos, si es toda la noche o un rato mientras espero, si es con café o con una botella de agua. Soy un gran consumidor de experiencias, pero no las necesito para sentarme a leer, es decir, puedo leer sin taza de café y sin lentes de Woody Allen.

Por otra parte, casi cada vez que me sobra un poco de tiempo en la colonia Roma o en el centro de la ciudad, voy de paseo a librerías del viejo. Y salgo con bolsas o cajas, tanto de ediciones que no conocía de un mismo libro como con ediciones iguales pero más viejas a la mía como con muchos títulos nuevos. Adoro el aroma, la nostalgia, adoro la visión, la textura, el polvo, y las gafas del señor que me atiende. Adoro observar a los intelectualocultoides que pasean al mismo tiempo que yo en la librería (aunque ellos no lleven corbata), y pensar en mi propia biblioteca.
Como lo había dicho antes, soy un compulsivo consumidor de experiencias, así que la misma experiencia del café, en el centro, con los lentes de pasta, sabe mejor con un buen volumen viejo de Los hermanos Karamazov en la mano, o con Los detectives salvajes de Bolaño sentado en aquel café del centro de cuyo nombre no quiero acordarme. Adoro la experiencia del papel, el olor a tinta, adoro pasar por las imprentas o ir a las oficinas de algún periódico cuando debo pasar a recoger un cheque. Olor a rotativa. Me gusta. Sí, me apasiona la historia de las letras, su melancolía. Todos los secretos que guarda cada año de los textos.
La magia del separador, la pretensión de que todo mundo vea que estoy leyendo un inmenso ejemplar de La montaña mágica, la magia de que todos sepan que leo a Thomas Mann o a Joyce, o (en tiempos actuales, pretensión de la que me hago a un lado) al Murakami que leen hoy los que dicen que leen. Es hermoso. Lo vivo y soy parte de. No niego disfrutar de cada uno de los puntos relacionados con el papel.

Ahora a lo que voy: tengo dos placeres y pasiones frente a mí: uno es la lectura, punto. Y el otro es la experiencia de la lectura en papel. ¿Cuál me gusta más?
La lectura, sin duda. Sí, la lectura. ¿Dije la lectura? Pues sí, eso, la lectura.
Es decir. Cambio cada uno de los puntos de olor, imagen y nostalgia por una buena lectura. Punto. Prefiero leer, comprar libros pronto, leer lo más nuevo y lo viejo, tener un diccionario a la mano, llevar libros de repuesto, viajar bien preparado sin pagar exceso de equipaje a sentir el aroma del papel. Claro, si pudiera comprar la experiencia completa, me iría a leer a Neruda en papel a un lugar del centro de cuyo nombre no quisiera acordarme, tomando un mal café presumiblemente bueno. Compraría una casa más grande para tener una biblioteca más grande. Viviría (como vivo, tal vez) rodeado de papel y tinta.
Sin embargo, la tecnología me ha hecho un favor. Puedo llevar conmigo en menos de 250 gramos 100 libros para elegir. Nuevos o viejos, puedo comprar al instante la última recomendación de James Wood (ni modo, sin que nadie se entere de lo que leo). En un aparato más pequeño que una libreta Moleskine. Mi amor por las letras (no por el papel), no podría encontrar mejor amigo. ¡Ah! Y por si fuera poco, puedo tener al mismo tiempo toda mi biblioteca con todo y separador en mi celular, computadora o tablet. Para que, sin importar la mágica experiencia que tenga o no, pueda leer: en la fila del banco, mientras espero en una cita, en cualquier ocasión en la que no pensé que necesitaría un libro. ¿Mejor amigo para el arte? ¿Para la literatura? No lo creo.
No importa si es Kindle, Nook o algún otro, no importa si lo lees en tu iPad o en tu PlayBook. El chiste es que nunca falta qué leer.
Mi punto de vista es, papel o no papel, el significado del arte, de la literatura, filosofía y conocimiento está en las letras, no en dónde están impresas.
¿No es así?