HOMBRES Y LETRAS. DIOSES Y DIABLOS

20111019-093230.jpg
Según Octavio Paz, López Velarde es un “inesperado e indirecto descendiente de Baudelaire”. Ramón López Velarde escribe con rabia contagiosa: “para dirigir periódicos escritos en bárbaro no es necesario conocer gramática española”. Salvador Elizondo habla de Paz: “Toda su obra, en prosa o verso, nos revela la presencia del cuerpo, origen y término de su escritura”. Círculos. Poesía, diablos y pecados. Letras infalibles que permean por una mente receptiva, lo sepa o no. Baudelaire no cree, López Velarde hubiese querido no creer. Elizondo cree en la belleza de la prosa, Paz en el lenguaje. Todos nos llevan a todos los textos, a la pasión definitiva por transmitir.

Entonces despierta una furia desesperada que nos traslada de la belleza al odio, de la adoración a la perdición. De la vida a dar la vida. De la muerte a dar la vida. Prosa. Pensar en letras, con letras, por uno mismo, con el cerebro de otro, despertando nuestro cerebro. ¡Da igual! Prosa comprometida que a fin de cuentas nos guiará por caminos bíblicos, sicológicos, sociológicos, intelectuales, científicos, informativos, recreativos. Prosa en letras impresas o digitales, blogs o revistas, libros o manifiestos.

Ramón López Velarde, descendiente del poeta maldito, temeroso de su propio dios y de su propio infierno, con muerte prematura e intelectuales estudiándolo, utiliza, a principios del siglo XX, el medio periodístico “no para complacer a lectores superficiales, sino más bien para educar y sensibilizar a espíritus receptivos de algo más que la noticia intrascendente, la anécdota trivial y la inmediatez del chisme sin consecuencias”. Baudelaire reta a cada cosa que le rodea, maldice, sueña con un infierno como paraíso final. Despierta belleza a través del sufrimiento. En verso. En flores. En mal. Logrando aquello el poeta de su estirpe puede lograr tanto con el verso como con la prosa, aquello que Elizondo defiende con sangre como finalidad del lenguaje. Aquello a lo que Paz dedica una inmensa parte de su investigación literaria. Tres amplias y variadas generaciones de poesía. De Poema como lo define Octavio Paz. Tres amplísimas generaciones de letras en busca de su propia vida, en la búsqueda perpetua de un receptor sensible con la intención de aprender. De entender. De poner cielo e infierno en un solo orden de magnitud, de crear diablos para vencer a dioses y viceversa. Letras, círculos que sobreviven sin parar. Sin pedir permiso.

Me pregunto, ¿dónde están hoy los descendientes de Baudelaire? Tal vez haya uno que otro escondido en algún blog, tal vez sean geeks o desconocidos genios fuera del alcance de los intelectuales. Por ahí deben de estar, en algún lugar del siglo XXI. Lo que sí ha pululado en México es el periodismo escrito en bárbaro, revistas en decadencia y prosita infame. La generación digital, quizá, encontrará el cuerpo que hace pocos años dejó escondido Paz en prosa y verso. Posiblemente lo encontraremos en Twitter, o en el algún URL de la World Wide Web. Posiblemente no exista, como no existe un texto hasta que no alcanza un par de ojos. Me pregunto si la nueva generación de bytes nos permitirá encontrar la belleza perdida de la prosa, de los diablos y los dioses, de los cuerpos desnudos y la solución perfecta a un sistema económico. ¿Será el siglo veintiuno aquel que nos devolverá las letras perdidas de México en los estertores del siglo veinte?

Yo seguiré buscando.

Anuncios

LA POESÍA CUANDO DESNUDA

La poesía es esa brújula que te lleva de la mano a lo incierto. Pero en esa puerta encontramos un destello de las sensaciones más profundas. La poesía es la puerta. La puerta que lleva a todas y a ninguna parte. Es la mala del cuento, la buena. La intuición y la infidelidad. La poesía te guía al más fiel de los instintos.

Y sin quererlo, nos encontramos. Desnudos. Completos. Cubiertos de aquella ternura que no escapa del delirio. Cubiertos de aquella locura que no escapa de lo dulce. Cubiertos de sudor y de saliva. De humedad y de gemidos. Cubiertos de aliento y de alaridos potenciales.

Es la brújula que te lleva a los estados más profundos de cualquier meditación. Se escribe. Pero se respira. Se vive. Pero se transpira. Es la canción del espejo. Es tu propia mano entre tus piernas. Lo prohibido y lo fugaz. Lo permanente. Sin quererlo, la poesía se convierte en madrugada.

Nos amamos. No nos conocemos aún, pero nos amamos. La poesía es romance. Política y vino. La poesía se lee con la piel. Nos amamos y nos olvidamos de repente. Olvidamos la mera existencia de nuestro frenesí. La poesía nos lleva, nos contrae y nos absuelve. Dice Octavio Paz: copia de la copia de la Idea. Es la copia de la copia de la Idea. El ensimismado crucigrama de lo humano. El tímido suspiro que se esconde en el cajón.

Es lo que le falta a cierta prosa. Aquello que define al arte. Lo que convierte en arte el perderme entre tus piernas, lo que vuelve arte nuestros besos. La poesía es los besos, es tu cuerpo desnudo frente a mí, sobre mí.

La poesía es ver tu rostro de placer al penetrarte, al tener mis manos en tu piel. La poesía es lo que gritas en el orgasmo, lo que ves y lo que hueles. La poesía es el olor a sexo y a sudor. Es gritarnos y mordernos. Es antes. Es después.

Surrealismo y no te pierdo. Surrealismo y somos otros. Surrealismo y nos perdemos. La poesía es surrealismo y es pasión. Y una vez que toca lo sublime del placer es la pasión. Lo que nos lleva a actuar, a controlar, a ser controlados, a evadir y a confrontar. Es aquello que sin duda nos llevará a gritar. A procrastinar. A vivir sin medias tintas.

La poesía es la única herramienta capaz de cambiar al mundo.

SENSUALIDAD. TINTA Y PAPEL

20110824-123121.jpgPor alguna razón más allá de mi entendimiento, mi iPhone amaneció tocando la Patética de Tchaikovski. Yo no le pedí que lo hiciera, no la programé ni estaba dentro de mis más escuchadas recientemente, simplemente puse Play mientras me rasuraba y salió: yo pensé que no me había hecho caso el aparato porque en un principio no sonaba nada pero como yo tenía ya las manos llenas de jabón, no pude asegurarme de que todo estuviera en orden. No era tan importante rasurarme sin música un día.

Y de pronto escucho. Tararara… tararararara… tararán. La sexta y última sinfonía de Tchaikovski, la Patética, la crónica de su propia muerte. Y yo con la navaja en la cara. Mientras la música comenzaba a hacerse evidente gracias a la aparición de instrumentos, yo cerré los ojos por un instante y respiré ese primer movimiento. Luego terminé de rasurarme pero no apagué a Tchaikovski, me acompañó en cada uno de mis procesos matutinos, calcetines, zapatos, corbata, café, periódico. Otro café. Un poquito más periódico. Hasta que se me hizo tarde.

Me di cuenta de que una parte de la Patética (la parte bella) se quedó conmigo en camino a un desayuno, en el coche, era tanta su presencia que no pude poner nada más. El tarara… tararararara… no daba espacio para que entrara una sola nota más. Mi cabeza entraba en un trance. Y la soledad del coche me permitía pasar por ese trance. Y mi mente, en estado de trance comenzó a formar una historia.

La tinta. La misma tinta que componía sinfonías, la misma de un majestuoso concierto para piano, de muchos, de millones de notas, de miles de sinfonías, de cientos de obras maestras, la misma tinta que busca un papel para sentirse plena apareció en mi mente como personaje principal, una tinta desinhibida, sin pretensiones, buscando un cuerpo desnudo, una hoja en blanco, un espacio para poder llorar en medio de caricias.

Entonces la tinta llegó a convertirse en palabras, en cuentos, en tragedias, en poesía, a convertirse en la historia de mil civilizaciones. Mientras el papel solo sentía las caricias, poco a poco la tinta dejó de ser ella misma para volverse parte del papel, para convertirse en un ser absoluto. Y en ese instante hicieron el amor. Cuando eran uno solo, cuando se besaban con el mero hecho de existir.

Y el tráfico de la ciudad terminó de pronto. Y mi imaginación terminó buscando un lugar para poder estacionarme, pero una parte de mi sangre quedó manchada de tinta, mi piel sentía la cercanía de esa otra piel, de la surrealista, de aquella que posiblemente no existía, de la piel sin cara, de las caricias sin piel, del orgasmo sin excusa. Una parte de mí fue sangre y la otra melodía.

Pero yo no encontraba dónde estacionarme.

Una vez que encontré un lugar, intenté sacudirme de música y poesía, buscar un poco de tranquilidad fuera de mi sudor interno, de aquel fuego que contaba secretos mucho antes de su confesión.

Y recordé las imágenes sin nombre, las bocas sin cara. Los besos con ojos cerrados. La saliva: tinta transparente. Y traté de buscar unos hombros en mi mente que pudieran ser de fuego, de mis manos. De un mundo real.

Intenté buscar el significado actual del surrealismo, vi las imágenes que crean millones de personas para que yo vea en ese instante, vi los colores que habitan en miles de mentes que se comunican conmigo, vi los ojos y las palabras, las bocas y los cantos, vi todo lo que puede escucharse en medio del color. Y recordé a Octavio Paz: “El surrealismo no se propone tanto la creación de poemas como la transformación de los hombres en poemas vivientes.”.

Me di cuenta, que esto nunca había sido más verdad que hoy, ahora, en la era del color, de la deformación de la realidad, de la inmediatez de la poesía, en la era en la que somos, soy, eres. Un poema viviente, un poema con patas, de colores, con ojos perfectos y efectos de carbón. Soy una caricatura perfeccionada de mí. Un poema viviente y la sensualización de la verdad.

Soy Paz y soy Tchaikovski con un iPhone en la mano creando imágenes, palabras, escuchando. Respirando a través de una mente surrealista.

Siendo así, no me queda más que desear un buen día para todos.

AYER

CARRERA: No dado de alta todavía.

YOGA: No.

MEDITACIÓN: Veinte minutos

NOVELA: Corrección 500 palabras

POESÍA: Sí

IMAGEN: Autorretrato disfrazado de otro yo.

CONSEJO: Ponerse unos audífonos y olvidarse durante 40 minutos del mundo entero mientras suena la Sexta de Tchaikovski. Dejar a la mente volar para crear historias y fábulas.