MIS MANOS

Me doy cuenta de que solo escribo cuando no me preocupo de qué escribo. Me doy cuenta de que escribo cuando dejo a mis manos teclear, sin compromiso, sin otra ilusión que aquella de ir creando. Los ojos y las manos. Nada más. De pronto incluso pienso que ni siquiera hay otro sentimiento que el de mis propios dedos al ponerse a dibujar palabras. Alguien me lo entenderá algún día, el día en que las manos comiencen su propia revolución.

Yo no escribo. Escriben ellas. Es por eso que sale la piel en medio de los gritos, de las voces. Ellas saben más de piel, de roce, de tacto, entienden mejor el sudor y la saliva, entienden de fuego y de lenguas. Ellas, mejor que nadie, entienden de humedad. Viajan, por caminos de tinta y sueños. Por fantasías, viajan. Crean fantasías. Reviven y matan. Saben todo de la seducción y del delirio, del desvelo y del instinto. Ellas tocan.

Exploran cuerpos. Delinean figuras humanas, las dibujan. Evaporan la conciencia cuando habitan en el calor de una espalda desnuda. Tocan, son víctimas de orgasmos. Son productoras de orgasmos. Son dueñas de mil orgasmos, de palabras que llevan al orgasmo, de caricias que llevan al orgasmo. Son ellas. Solo ellas. Quienes pueden escribir. Quienes acarician una mejilla para ver nacer sonrisas.

Me doy cuenta que nunca aprendí a escribir, que el control de mis letras lo cedí hace años, muchos años, a mis manos. Ellas ganarán batallas.

Mis ojos son quienes crean poesía. Mis manos pasión.

TU ESPALDA DESNUDA

La historia se construye en tu espalda. Un delineador de ojos árabe y tu piel desnuda. Nosotros y una cama. La historia se construye contigo boca abajo. Tus pechos desnudos contra las sábanas, mis manos desnudas en tus nalgas, descansando, pensando en lo que harán. Después entran en acción. Una deteniendo al resto de mi cuerpo junto a tu cintura, la otra comenzando a describir en un retrato casi obsceno lo que pasa por mi mente al tenerte desvestida frente a mí. Debajo de mí. Lista para ser lienzo y papel. Las palabras fluyen por tu espalda. Deseo. Pasión. Placer. Humedad. Sexo. Lengua. Locura. Todos los colores de los que es capaz un delineador de ojos negro recorriendo tu espalda. Viajando por el aire de tus gemidos, divagando por el mundo del deseo. Creciendo. Atormentando. Escribiendo. Listo para verte. Para desnudarte de nuevo de mis letras. Para encontrar la fórmula ideal y luego poseerte. Para revivir. Revivirte. Te escribo. Escribo en ti. Escribo de ti. Para ti. Sobre ti. Escribo y te grito. Te sueño. Despiertas mi erección con tu humedad. Tu espalda negra de letras. Te leo. Leo en voz alta cada una de las palabras que fue albergando tu cuerpo debajo de mí. Luego las borro. Para no marcarte con letras, sino con mis manos. El aceite en tu espalda quema, brilla, hace una masa negra que poco a poco va diluyéndose, alcanzo a escuchar tu respiración. La mía. Subo de un golpe a tu espalda, con mi cuerpo completo, mueves tus piernas para dejarme entrar. Y te penetro entre tinta y aceite. Entre luna y sábanas sucias. Sangre ardiendo. Desfile de pasiones. Somos dos que se convierten en uno: somos uno. Beso tu nuca, tus hombros. Escucho tus gemidos casi gritos. De pronto tu orgasmo. Seguido por el mío. Y yo soñando, en mi clase de pintura, con la modelo perfecta y con lo que haría con ella (contigo) de ser poeta. Tal vez solo eres un ilusorio objeto del deseo.