UNA MAÑANA CON EL SR. STARBUCKS

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Un corredor apenas terminando su entrenamiento. Dos señoritas antes de comenzar su clase de yoga. El chofer de un presunto hombre de negocios. Un presunto hombre de negocios a quien espera afuera un chofer. Una señora con ropa de gimnasio y un bebé en brazos. Una señora con un magnífico escote acompañada de su hija preadolescente. Un joven arquitecto saludando a quien prepara su café por nombre. Colores. Espejismos de colores formados en fila para recibir la experiencia comprada de un café por la mañana.
A las 7:00am eran tres personas. Minutos más tarde parecían ser treinta. Poco después ya no era fácil contar. Magia y robotismo: una mercadotecnia bien planteada. Todos, tantos, obedeciendo a la regla de poder vivir ña experiencia, un café que no sepa a café, por favor… yo solo un pan dulce, por favor…
Un vaso con bebida caliente en una mano y un periódico de distribución gratuita en la otra. ¿No es eso lo que todos sueñan para comenzar el día? Antes de ir a trabajar, después del gimnasio, en camino a dejar al niño a la escuela. Cualquier momento es bueno para ser parte de la foto de esa particular actualidad. ¿No es así?
Vivimos de experiencias. La maravilla de la publicidad, hacer que creamos en ella, o de las leyendas urbanas, o de lo que se dice. Saber aprovechar una emoción, amplificarla y convertirla en experiencia vendible. ¡Bravo! Funciona.
Adorables reflexiones de un universo parcial, de una estatua clasista que dice existir y se desparrama hacia abajo en una cascada de monadas llamadas experiencias. Es decir, adoro el café de la mañana, y seguramente debo adorar también la experiencia que me venden para ser testigo de lo que acabo de narrar.
Una disculpa, Marx. ¡No soy yo, es el sistema!

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SERVILLETA HECHA TUIT

20110822-051300.jpgCreo que más por un oficio desinhibido que por otra cosa, me puse a escribir poemas ,sin pensar mucho, sobre una servilleta. Estaba en un café en el centro de la ciudad. Nada folclórico ni representativo, un simple y golobalcapitalista Starbucks que me sirve un café decente y perfectamente institucionalifranquiciado.
En fin, sólo garabateaba en una servilleta mientras me di cuenta de algo importante, una epifanía que me cambió la vida, una luz que iluminó mi destino y cambió mi vida para siempre. ¡Se me había hecho tarde! Ridículamente tarde. Miré a la culpable de tal atrocidad, la doblé en dos y la lancé sin miramientos dentro del bolsillo interno de mi saco. Tapé mi pluma, tiré el vasito de plástico en el que tomé el café a la basura y salí corriendo hacia mi cita tratando inútilmente de trascender al tiempo.
Mientras caminaba, casi corriendo, en el estado meditativo que solo te permite alcanzar estar en medio de una multitud apresurada, tuve otra mágica aparición. ¿Por qué iba tarde? ¿Por escribir en una servilletita reciclable? No. Iba tarde por la poesía, iba tarde porque estaba más entretenido pensando en la palabras correctas para hacer una oración que comunicara algo específico, que en tomar mi café o en llegar a tiempo. Mi trabajo es escribir, mi pasatiempo es escribir, mi mayor diversión es escribir y mi peor tormento es escribir. Mi trabajo es leer, mi pasatiempo es leer, mi mayor diversión es leer, pero mi mayor tormento es escribir. Comparto una pasión primordial dividida en dos.
Entonces descubro las cosas importantes en la vida. Aquellas que se pueden leer o escribir. ¡Bravo! Sentí como si el tiempo se detuviera, como si de pronto toda la gente a mi alrededor estuviera en pausa, y yo lanzara a un lado mi saco, me quitara la corbata dejara caer mis portafolios y gritara en medio de la lluvia que soy libre.
Bueno, no.
Pero me di cuenta de un factor alterno en la nueva era digital: blogs, Twitter, Facebook o cualquier otro lugar en el que un artista, seudo-artista, intelectual o seudo-intelectual, creativo o idiota, pueda publicar su visión del mundo. Claro que nos paraliza, claro que nos hace a un lado de una proporción distinta de nuestra propia realidad.
Vivimos inmersos en nuestra perspectiva del arte, de la comunicación, del sueño y obsesión de inventarnos, de inventar a nuestros interlocutores, de inventar una versión mejorada de nosotros mismos. Tenemos Google y tenemos sesos.
¡Ya era hora de descubrirlo! ¿Cómo no íbamos a estar embobados con la nueva faceta de la humanidad? Con su mayor avance intelectual.
Entonces llega el mensaje. Ese que tanto llevaba esperando, llega la noticia, la frase, el truco que sin querer me hará pensar en la mejor respuesta. Llega el momento y paro mis reflexiones. Solo puedo pensar en la mejor contestación, en la más rápida, en la más viva, en la más inteligente. Suena mi teléfono y me corta la inspiración. Era un cliente, y sigue estando primero la comida.
Retomo la conversación inteligente pero con menos bríos. La gente alrededor de mí caminaba casi corriendo, yo también. Guardé el teléfono en mi bolsa y sonreí. Tenía un poema en mi bolsillo. Al llegar a mi cita, mientras me anunciaban, publiqué el poema que me había hecho llegar tarde. Algo así: Instalado entre el olvido y años luz de aquellos besos veo tus labios. Me separo de tu piel por un instante. Instalado entre tu imagen y mis sueños. Te dibujo. como aquella que no existe.
Ahora solo faltaba esperar una respuesta inteligente.