CAFÉ DE LUNES

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No sé si es su sudor o el recuerdo de su sudor. Sus senos, casi pequeños y casi perfectos presionados contra mi pecho. No sé si es ese abrazo o el café que bebo mientras recuerdo aquel abrazo. La locura de tener esos labios tan cerca. Aquella boca, seguramente capaz de maravillas. No sé si recuerdo su mente o la invento. Tan brillante. Tan pausada y tan fluida. La sonrisa maquiavélica buscándome, alejándome, invadiéndome, secuestrándome, acariciándome, desvistiéndome. Todo en minutos, todo en tan poco tiempo. Esa sonrisa dispuesta a desvanecerse hasta desaparecer perdida en un gesto de placer, en un gemido, en un orgasmo con mi lengua entre sus piernas y mis manos empapadas del sudor de su pecho que no suelto. Mis labios, sus labios. La sonrisa laberíntica que se pierde mientras me besa, mientras me dice que me largue, mientras me ruega que regrese.

Las letras que impacientes esperan a que llegue la siguiente ocasión. Las letras que la inventan convirtiéndola en mis manos. Las letras que la dibujan, sin que ella lo sepa. Pero ella lo sabe, se ve. Me permite convertirme en un fantasma, en sus manos, en su más profundo aliento. En su celibato y en su soledad. Las letras que se vuelven sangre y acarician a su cuerpo desde dentro. Esperando que regrese aquel sudor para enfriarlo, con saliva. Con un beso. Nuestro beso que no existe, horizonte que nos lleva hasta la cama. Hasta sentirme dentro de ella sin reservas. Hasta explotar en su interior y descubrirme en su sonrisa. En la sonrisa que aparece empapada de saliva tras el clímax de un nosotros.

Mientras tanto me conformo con un lunes distraído, con saber que somos uno, que no existe. Con soñar que sigo vivo a pesar de las noticias que narran mi muerte.

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UNA MAÑANA CON EL SR. STARBUCKS

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Un corredor apenas terminando su entrenamiento. Dos señoritas antes de comenzar su clase de yoga. El chofer de un presunto hombre de negocios. Un presunto hombre de negocios a quien espera afuera un chofer. Una señora con ropa de gimnasio y un bebé en brazos. Una señora con un magnífico escote acompañada de su hija preadolescente. Un joven arquitecto saludando a quien prepara su café por nombre. Colores. Espejismos de colores formados en fila para recibir la experiencia comprada de un café por la mañana.
A las 7:00am eran tres personas. Minutos más tarde parecían ser treinta. Poco después ya no era fácil contar. Magia y robotismo: una mercadotecnia bien planteada. Todos, tantos, obedeciendo a la regla de poder vivir ña experiencia, un café que no sepa a café, por favor… yo solo un pan dulce, por favor…
Un vaso con bebida caliente en una mano y un periódico de distribución gratuita en la otra. ¿No es eso lo que todos sueñan para comenzar el día? Antes de ir a trabajar, después del gimnasio, en camino a dejar al niño a la escuela. Cualquier momento es bueno para ser parte de la foto de esa particular actualidad. ¿No es así?
Vivimos de experiencias. La maravilla de la publicidad, hacer que creamos en ella, o de las leyendas urbanas, o de lo que se dice. Saber aprovechar una emoción, amplificarla y convertirla en experiencia vendible. ¡Bravo! Funciona.
Adorables reflexiones de un universo parcial, de una estatua clasista que dice existir y se desparrama hacia abajo en una cascada de monadas llamadas experiencias. Es decir, adoro el café de la mañana, y seguramente debo adorar también la experiencia que me venden para ser testigo de lo que acabo de narrar.
Una disculpa, Marx. ¡No soy yo, es el sistema!

¿CÓMO EMPIEZA TU SÁBADO?

De nuevo. Encontrando en el primer cuadro del día un escrupuloso delirio que me lleva a escribir. Luego el café. Y de ahí la música. Todo esto acompañado de algunas poesías y revistas abiertas (digitales, por supuesto). Un artículo por aquí, un poema por allá, otro café. Xiayin Wang no deja de tocar el piano. Disfruto mi momento, ese que no comparto, disfruto de los sueños que dejé de soñar en la madrugada.

Lo importante no es solo sentir, sino desear. Disfruto del deseo, de la posibilidad del placer. Y todo, mientras escucho un poco de música un sábado por la mañana. Rodeado de letras y un par de tazas de café,

¿Qué más puedes pedir para un amanecer? ¿Hay alguna mejor forma de aprovechar el tiempo con uno mismo? Mañana me toca correr antes del ritual, tal vez en vez del ritual dando pie a uno distinto. Hoy, es solo esto. Y no quiero nada más.

¿Cómo es la mañana para ti?

LA SENSUALIDAD DEL CAFÉ

20110902-083814.jpgLa función del café por la mañana, sin duda es seducir, es encontrar el balance entre el placer y la razón, entre lo sensorial y aquellos sueños que no han escapado por completo. La función del café por la mañana es seducir.

El aroma del café seduce por su esencia de aroma, por la importancia del sentido del olfato en nuestro concepto del placer.

Es aquí donde viene el tema del aroma: los olores, esa fuerza que nos mueve tan profundamente, que desacomoda cada parte de nuestros instintos para ponerlos a flotar como una nata de sensibilidad en nuestra piel, hambrienta de sueños, de realidades. Empezando por un café, tal vez, por el aroma del periódico por la mañana. Por el olor a lluvia que se cuela por la ventana, por todo aquello que nos hace recordar. El aroma. De pronto se convierte en un intruso, un desconocido seductor: el perfume de un extraño, el olor a sexo en una habitación. La humedad y los sentidos, la mezcla de pasiones enredadas, las saliva y el sudor.

La función del café por la mañana es la misma que la de la sensualidad en la poesía. Despertar alguna imagen para recargar de fuerza nuestros sentidos. Y hacernos reaccionar. El aroma del café es aquel secreto que nos hace reaccionar. Es una caricia de calor que se mimetiza con nuestra lengua, que desnuda a nuestros labios, el aroma del café hace despertar nuestros instintos animales, llevándonos desde el olfato hasta el sentido del gusto y de ahí hasta el placer.

Somos seres sexuales y no podemos evitarlo. Entonces encontramos sucedáneos al deseo y el placer. El café nos reconoce cuando llegamos a él por la mañana, nos cuenta sus secretos que son nuestros, que nosotros mismos ignoramos porque está a punto de despertar la realidad. El café gana la carrera al sol cada mañana y nos espera.

Se convierte en un amante surrealista, llenando de color cada mañana. Una mañana solitaria, un día nublado, todavía es temprano y hace frío. Lejos de casa. Frente al hotel parece haber un pequeño lugar para desayunar y leer un poco antes de comenzar a trabajar.

Pero el café se chorrea en tu libro. Dejando una mancha color sepia que esconde solo un poco las letras. No hay mucho qué hacer, ya es imposible limpiar. Es una i la que no se alcanza a ver, poco a poco se desvanece más, como mimetizándose al color sepia de la mancha. Y detrás de ella va la o de otra palabra, por alguna razón las sigue una v. Se pierden, se difuminan al punto de desaparecer por completo, y la mancha se esparce por la hora, escondiendo el libro como un manto que esconde lo prohibido, las letras cambian de lugar, se mueven, se retuercen siendo letras, no palabras. Y de pronto, del libro sale un alarido de placer, un claro orgasmo escandaloso que se escapa. La taza cobra vida y se voltea para verter lo que queda de café en las páginas de aquel libro viejo, dejando todo lo demás atrás. El olor cambia, el sonido cambia, la música cambia. Otro orgasmo, otra caricia, otra letra embarrando de saliva la lengua de su compañera.

De pronto llega el mesero, levanta la taza y con un trapo limpia lo que puede del libro. Las letras llegan a su lugar, todas menos la i y la o. Los sonidos vuelven a la normalidad, pero no el aroma. Un profundo olor a sexo termina maravillándote.

Es hora de empezar el día.

¿Quieres una taza de café?

AYER:

CARRERA: Media hora de correr en agua.

MEDITACIÓN: No, seis horas en la embajada de EUA me lo impidieron.

CONSEJO: Prepara una taza de café casi desnudo (o desnuda), tómala pensando más en su aroma que en su sabor, no le pongas azúcar esta vez. Disfruta unos minutos sin hacer nada más. Luego lee un poema, un solo verso. Y de ahí, haz lo que quieras con tu día.

IMAGEN: Café

SERVILLETA HECHA TUIT

20110822-051300.jpgCreo que más por un oficio desinhibido que por otra cosa, me puse a escribir poemas ,sin pensar mucho, sobre una servilleta. Estaba en un café en el centro de la ciudad. Nada folclórico ni representativo, un simple y golobalcapitalista Starbucks que me sirve un café decente y perfectamente institucionalifranquiciado.
En fin, sólo garabateaba en una servilleta mientras me di cuenta de algo importante, una epifanía que me cambió la vida, una luz que iluminó mi destino y cambió mi vida para siempre. ¡Se me había hecho tarde! Ridículamente tarde. Miré a la culpable de tal atrocidad, la doblé en dos y la lancé sin miramientos dentro del bolsillo interno de mi saco. Tapé mi pluma, tiré el vasito de plástico en el que tomé el café a la basura y salí corriendo hacia mi cita tratando inútilmente de trascender al tiempo.
Mientras caminaba, casi corriendo, en el estado meditativo que solo te permite alcanzar estar en medio de una multitud apresurada, tuve otra mágica aparición. ¿Por qué iba tarde? ¿Por escribir en una servilletita reciclable? No. Iba tarde por la poesía, iba tarde porque estaba más entretenido pensando en la palabras correctas para hacer una oración que comunicara algo específico, que en tomar mi café o en llegar a tiempo. Mi trabajo es escribir, mi pasatiempo es escribir, mi mayor diversión es escribir y mi peor tormento es escribir. Mi trabajo es leer, mi pasatiempo es leer, mi mayor diversión es leer, pero mi mayor tormento es escribir. Comparto una pasión primordial dividida en dos.
Entonces descubro las cosas importantes en la vida. Aquellas que se pueden leer o escribir. ¡Bravo! Sentí como si el tiempo se detuviera, como si de pronto toda la gente a mi alrededor estuviera en pausa, y yo lanzara a un lado mi saco, me quitara la corbata dejara caer mis portafolios y gritara en medio de la lluvia que soy libre.
Bueno, no.
Pero me di cuenta de un factor alterno en la nueva era digital: blogs, Twitter, Facebook o cualquier otro lugar en el que un artista, seudo-artista, intelectual o seudo-intelectual, creativo o idiota, pueda publicar su visión del mundo. Claro que nos paraliza, claro que nos hace a un lado de una proporción distinta de nuestra propia realidad.
Vivimos inmersos en nuestra perspectiva del arte, de la comunicación, del sueño y obsesión de inventarnos, de inventar a nuestros interlocutores, de inventar una versión mejorada de nosotros mismos. Tenemos Google y tenemos sesos.
¡Ya era hora de descubrirlo! ¿Cómo no íbamos a estar embobados con la nueva faceta de la humanidad? Con su mayor avance intelectual.
Entonces llega el mensaje. Ese que tanto llevaba esperando, llega la noticia, la frase, el truco que sin querer me hará pensar en la mejor respuesta. Llega el momento y paro mis reflexiones. Solo puedo pensar en la mejor contestación, en la más rápida, en la más viva, en la más inteligente. Suena mi teléfono y me corta la inspiración. Era un cliente, y sigue estando primero la comida.
Retomo la conversación inteligente pero con menos bríos. La gente alrededor de mí caminaba casi corriendo, yo también. Guardé el teléfono en mi bolsa y sonreí. Tenía un poema en mi bolsillo. Al llegar a mi cita, mientras me anunciaban, publiqué el poema que me había hecho llegar tarde. Algo así: Instalado entre el olvido y años luz de aquellos besos veo tus labios. Me separo de tu piel por un instante. Instalado entre tu imagen y mis sueños. Te dibujo. como aquella que no existe.
Ahora solo faltaba esperar una respuesta inteligente.