
Réplicas de pasados intermitentes. De residuos inexistentes de épocas muertas. Copias. Creatividad y pretensión. Creatividad o pretensión. La palabra ha sido la dueña de la historia desde los inicios de la historia, ha sido la dueña de la divulgación y de la información. La palabra ha sido la dueña de la ficción y el entretenimiento, de la sensualidad y la locura, de la guerra y las revoluciones. La palabra ha sido la madre de las religiones y la promotora de cada una de las etapas de la ciencia. La palabra, oral o escrita, con el tiempo, ha sido la única herramienta real del ser humano para crecer como especie sin borrar el rastro de su propio pasado. La palabra también es madre de la ilusión, la falsedad, la imaginación, la ficción. Todo aquello que podrá confundir tarde o temprano la realidad de la fantasía.
Por lo tanto, aquí estamos. En pleno siglo veintiuno, intentando leer nuestro pasado y dejar rastro de un presente. Peleándonos por la tutela de la palabra. Periodistas, filósofos, escritores. ¿No son todos escritores? ¿No somos todos escritores? Tuiteros. Blogueros. Reporteros. Conductores de televisión que escriben en diarios. Amigos de directores que escriben en diarios. Sobrinos de influyentes que escriben en diarios. Cancioneros. Cantautores. Falsos profetas. Falsos poetas. Lujuriosos médicos. Incapaces seductores. Mensajeadores. Masajeadores. Locutores. ¡Todos tenemos relación con las letras! Con la creación de las letras.
Parte dos: es importante saber que las letras, siempre nos darán servicio, sin discriminar, las letras solo se apoderarán de nosotros cuando nos entregamos con convicción a ellas. De no ser así, las podemos utilizar de cualquier forma. Esclavizar y sodomizar. Violar. Podemos prostituirlas y desvirtuarlas.
Entonces, dados los antecedentes, quedan dos grupos de personas que interactúan con la palabra. Aquellos que la ocupan para sus propios fines informativos (mejor o peor, no importa). Y aquellos que se pierden en ella por amor a su belleza, por pasión. Aquellos que buscan algo qué decir solo con el fin de enaltecer la belleza de la palabra. Aquellos que buscan medios artísticos para hacerla brillar. Aquellos que, como Salomón, buscan la música más profunda con rimas y metáforas para enaltecer a la divinidad, a la mujer, a la belleza.
Estos dos grandes grupos no incluyen talento innato. O dones especiales. Simplemente incluyen usos objetivos. Ambos son claros, precisos y respetables.
Parte tres: por supuesto que todo el mundo tiene derecho a sentirse poeta. Por supuesto que todo el mundo tiene derecho a mezclar un par de palabras ingeniosas y pensar que suenan bien para sentirse poetas. Por supuesto que cualquiera puede escribir frases empalagosas y obvias para hacer enaltecer a su absurdo y comercial concepto de amor con corazones rojos de catorce de febrero. ¡Cada quién puede hacer con su tinta lo que quiera! También con sus ojos. ¡Por supuesto que cada quién puede nombrar poeta a quién le venga en gana!
Cada quién puede autoproclamarse como lo decida; sobre todo, en esta época de la comunicación sociodigital. Sin embargo, no podemos engañarnos del todo, no podemos engañar a todos.
Periodistas y filósofos. Hagan sus cosas. Escriban, informen, ilustren, iluminen a la humanidad. Pero no secuestren a las letras. Ya no secuestren a la belleza de la palabra intentando hacerse pasar por escritores. Cuéntennos qué es lo último de la ciencia, quién es el único precandidato del PRI a la presidencia, qué es lo que pasa con Egipto, háblenos del frío, del clima político, del narco, si quieren. Denos su opinión (en todo caso) de la vida y la muerte. De la política. De cualquiera que sea el área de la cuál son expertos. Pero dejen espacio para que los prosistas sigan creando belleza, no los intenten opacar con su oficio: los prosistas y los poetas no podrán ser sustituidos.
Ni por falsos profetas no por falsos escritores.
Pero siempre, siempre, dejen a los tuiteros sentir que son ellos los poetas, los filósofos, los periodistas. Porque eso es lo que seguirá dando calor a nuestra nueva humanidad sociodigital.
¡Qué sería de nosotros sin un poco de humor!