PERFECTA IMPERFECCIÓN

Miles de veces he especulado acerca la forma correcta de hacer las cosas, divagado hasta el cansancio de la manera ideal de llevar una idea a cabo. He leído a charlatanes y a grandes autores, he soñado que sé y comprobado que es mentira. He disfrazado cientos de verdades buscando un balance.

Un balance entre los negocios y el arte, entre la creatividad y la tecnología. Un balance de muchos balances: personalidad, emociones, sensaciones, comunicación e ideas. Comunicación de ideas. Y todo con la absurda idea de la química, de la perfecta formulación científica que tendrá que llevarme al resultado esperado. En el esoterismo incandescente de la vida cotidiana no es así. El misticismo va más lejos, nos lleva de la mano a lo desconocido. No importa cuánto consideres que conozcas las leyes del universo, nunca lo podrás controlar. Entonces vienen las letras, entonces, viene el sentido. El arte, la locura y la estética, todo aquello que va más allá de lo palpable para volverse real por dentro. Sensaciones. Piel buscando primavera, una salida, un esquema de nostalgia, sexo bañado en lágrimas, lágrimas después del sexo, gritos y sonrisas, sueños y estupores, libertad medida, libertad desesperada, libertad total y mentirosa. Gemidos, orgasmos, latidos, escaparates en el filo del placer.

He especulado mil veces acerca de la forma de triunfar, del secreto del éxito, de la definición del éxito. He intentado navegar por caminos conocidos y por tantos caminos inciertos. Y todos ellos me regresan al punto de partida.

La perfecta imperfección humana.

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OTRO VIERNES CACHONDO

Acabo de publicar la nueva HUMEDAD. Es viernes. Hay que darle tiempo y mérito. Es viernes de esos que guardan de todo. Para muchos, el inicio de vacaciones, para otros un día más. Pero la semana laboral, como la conocemos, termina hoy.

Es viernes y buscamos cosas nuevas. Sin decir mucho más, quiero dar un adelanto: dentro de pocos días saldrá a la luz el mayor proyecto que he hecho desde que comenzó mi vida digital. El proyecto al que más tiempo, más cabeza y más corazón he dedicado. Estamos cerca. Hoy quedó completamente terminado. Así que tengo mucho qué festejar.

Y mi forma de festejar es con un relato, como cada viernes. Loco como de costumbre, cachondo como de costumbre. Enfermo. Listo para ser leído. Buscando generar un poco de expectativa.

Es viernes, no olvides dar click a la pestaña que dice HUMEDAD.

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COMPROMISO DIGITAL

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El compromiso con las letras. No importa nada. Una cosa he aprendido en este mundo digital: no puedes abandonarlo. Si esperas que alguien te lea cada día y no te abandone, no puedes ofrecerle algo diferente. Suena justo, ¿no?
He pensado tantas veces en tener algún post guardado para momentos de emergencia en los que resulta difícil (como hoy) escribir algo, sin embargo, no creo en esa idea. Este blog no seria igual si lo que se lee no fuera ideado en el momento. Aunque el trabajo sea abrumador. Las letras digitales también son trabajo.
Por eso escribo ahora, porque me di cuenta de algo importante del mundo digital: la lealtad y el compromiso
¡Gracias por leerme! Nos veremos más tarde.
¡Buen inicio de semana!

FICCIÓN EN TIEMPO REAL

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Tiempo real. Inmediatez en una historia. Ficción que deja de ejercer su papel casi instantáneamente para convertirse en verdad a medias. La maravilla y el delirio de la velocidad. De las letras que se transportan de la mente a miles de ojos en menos de un segundo. Otra época de la comunicación. Otra época de la literatura. Otra época para la crítica, para el arte, para la pornografía, para las relaciones, para las virtuales, para las reales, para las caseras, para las profesionales, para las producciones, para las contribuciones, para la música, para el diseño, para las noticas, para la ciencia, para la filosofía, para los descubrimientos, para los inventos, para los placeres, para las religiones, para las instituciones, para las asimilaciones, para las informaciones, para las desinformaciones, para la nostalgia para la ilusión. Para las matemáticas y su inteligencia en multiplicidad.

¿Qué pasó con Alejandra? La encontró la policía pensando que era Vanessa por los documentos falsos, de ahí fue en busca de Alejandra que era Vanessa y acababa de matar a Alfredo. Vanessa llegó a la jefatura y con sus huellas digitales notaron que no era Alejandra, pero fue encarcelada por homicidio. Y Alejandra, con una nueva identidad escapó del país para continuar siendo espía.

O algo así. O todo eso. No importa. Lo importante fueron los segundos en los que alguien leía. Cada uno de los tuits que contenían un pedazo de historia. Algo similar a las novelas por entregas en revistas o manuscritos, pero en exprés. Todo volando. Las partes volando. Solo son segundos lo que cabe en 140 caracteres. La gente tarda un segundo en leer. Y en un par de horas ya son decenas y decenas de entregas. Con capacidad de cambio, de improvisación. De insinuación. Y de comunicación entre lector y escritor.

Publiqué mi primera novela en 2001, en la era del e-mail. Mi carrera literaria ya incluye críticas directas y casi inmediatas. Pero hoy todo es distinto, hoy puedo ir conociendo en tiempo real la reacción de uno o varios lectores.

Por lo tanto, es momento de pasar a otro nivel en la narrativa. ¿A cuál? No tengo idea. Pero disfruto mucho haciendo experimentos. Porque amo a la prosa. Porque amo a la poesía y a la ficción. Porque amo la oportunidad de descubrir mundos nuevos. Gracias a todos quienes me acompañaron esta mañana. Y a los que no, también.

Por si no conoce usted mi cuenta de Twitter, la dejo aquí: @JCOHEN77

SALVACIÓN, PODER, ABANDONO

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He intentado tanto escribir mi punto de vista de la poesía. He imaginado tantas veces que sé lo que es. He intentado leer poesía, vivir poesía, soñar poesía, he intentado consumir y crear poesía.

Para de pronto toparme con aburridos y pretenciosos artículos que presumen nombres de grandes poetas y frases sueltas, que recomiendan leer poesía para viajar por un hermoso parque de mil maravillas.

Hoy leí un encabronante artículo que aconseja leer poesía. Insoportablemente arrogante, salvajemente insoportable: aburrido y petulante. ¿Y aconseja leer poesía?

Estoy harto de las vacas sagradas en la cultura de este país, de los dizque intelectuales que no hacen sino hablar de lo mucho que saben o dicen que saben. Estoy aburrido de cultura para algunos, de conocimiento secuestrado, de mala calidad.

No puedo soportar alguien que hable de lo “rígido” de la prosa.

Hoy no puedo soportar a los secuestradores del arte. No puedo. Hoy no. El arte es para todos, las letras son para todos, la tecnología es para todos.

¡La poesía es para todos! Es alimento para la víscera, para viajar por infiernos y soñar con demonios. Es coger sin pretensiones. Llorar desconsoladamente. Discutir con el destino. Desafiar a la nostalgia. Revivir a la melancolía. Llorar. Llorar. Llorar. Sentir y sangrar. Emborracharse. Gritar.

No. La poesía en mi era no es buscar nombres extraños de autores decimonónicos. Octavio Paz describe en un par de páginas lo que es poesía. Sin demostrar lo mucho que sabía. ¡Y él sí sabía!

La poesía se siente en las venas y en la piel: en la humedad, las erecciones. En las vísceras y las ganas de gritar. En un orgasmo o en una campaña. La poesía se vive en ese país de nunca jamás.

¿La “buena poesía”? ¿Quién putas inventó ese término?

No voy a hablar más del tema ni diré de qué artículo estoy hablando porque no quiero hacer ningún tipo de publicidad.

Yo amo a la prosa, amo al lenguaje. Y amo, sobre todas las cosas, a mi comprensión de la poesía. No a lo que los demás piensen de ella. Por famosos o consagrados que sean. ¡Qué nadie se meta con mi amada prosa! ¡Qué nadie se meta con mi amada poesía! ¡Qué nadie se robe mis ojos!

Buenas noches.

ESCRIBO (11.11.11)

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Escribir por escribir. Dibujar un panorama incandescente que permita escapar a la luz. Escribir por escribir. Porque es un día sin nombre, porque soy su nombre y la pasión de su propio desayuno. Soy la cena de este día y la locura de su vino. Soy la noche cuando llueve.

Porque escribo. Porque nazco cuando muero y muero cuando duermo. Porque sueños en el sabor de la nostalgia. Porque regreso y me regreso del destino al alejarme. Soy yo porque sigo siendo. Desvestido. Escribiendo. Besando. Soñando con saliva. Viviendo en tu sudor. Te reconozco cuando escribo. Hemos hecho tantas veces el amor.

Es hoy con sentido. Sin sentido. El delirio y la nostalgia. Es hoy. Por la prosa. Y sigo sin comprender el mundo real. Sueño en tinta. Viajo en letras. Me escondo en humo y en líquido. Aire y agua. Fuego y fe.

Es hoy. Y nos sentimos.

Por todas aquellas veces en las que hemos hecho el amor. Somos uno.

SOÑÉ

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De pronto soñé. Fue en medio de una conversación telefónica que me imaginé a mediados del siglo XX. Con corbata y pañuelo, zapatos con mucho brillo y cigarro inevitable en la mano. Frente una máquina de escribir, listo para idear algo, para escribir mi columna de la semana, o para tirar al bote de basura una página más echada a perder. Tal vez una novela, quizá explorando el género de los detectives, o hablando del surrealismo, visto desde lejos, desde la trinchera de lo lejano, de lo deseado, de la maravilla de los sueños, del absurdo, de todo aquello que venía revolucionando al mundo del arte. O no.

Tal vez escribiría historias en las que mujeres hermosas buscaban el dinero y la fama, para terminar solas siendo amante del algún millonario neoyorquino que nunca reconoció haberla conocido, incluso a pesar de tener un hijo con ella.

Quizá buscaría la forma de pasar de casa en casa para regalar un poema a la persona que abriera la puerta, o los volaría por la puerta, tal vez pintaría con tinta en las mesas de los restaurantes. Soñé que escribía poemas con pluma fuente.

De pronto soñé. Hablaba por teléfono y soñé que compraba una imprenta. Mía, yo era el dueño de la imprenta, del diseño, de los textos, dueño absoluto de mi contenido y mi distribución, dueño absoluto de cada una de las recomendaciones y opiniones que nacían de mi tinta.

Me soñé frente a una pequeña rotativa, en mi oficina, con mi cámara fotográfica para hacer los negativos, para salir a la calle y tomar fotografías que adornen mi columna en mi revista. Me soñé en un escritorio inclinado con mis estilógrafos y mis tintas de colores. Me soñé en medio del olor a tinta y papel. Me soñé ensuciando mi corbata, bebiendo güisqui, fumando. Gritando. Sin prohibiciones, sin mayor pretensión que escribir en mi amada máquina de escribir.

Me soñé en lo mejor de mi época.

Y al regresar a la realidad, no pude sino sonreír. Intenté contar mi sueño pero ya no había nadie al otro lado del teléfono. Así que reí. Luego, a solas, solté una carcajada.

Hoy soy mi sueño. Gracias por leer de vez en cuando en este secreto espacio para gritar, soñar y hacer lo que me da la gana con las letras.

Gracias por darme vida en la era sociodigital.